Antes de todo, decir que este es el primer relato que escribo, por lo tanto, la prob­a­bil­i­dad de que no valga nada es bastante alta.

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Marco se sobre­saltó y palide­ció al mismo tiempo. Se podría decir que era un chico valiente, pero sería men­tira. Marco conocía muy bien sus miedos y por eso los evitaba. Pero por des­gra­cia para él, sus miedos eran lo sufi­cien­te­mente astu­tos como para darle caza en la may­oría de las ocasiones.

Era un chico muy inteligente y de aspecto desnu­trido, algo extraño teniendo en cuenta que era hijo de la familia más rica del reino. El hecho de que tuviera aspecto desnu­trido tam­bién era extraño.

Y allí estaba él, inmóvil en medio de un calle­jón por el que se podía andar tran­quil­a­mente, pero desde luego, lo más sen­sato era cor­rer. No se dis­tin­guía nada a más de veinte met­ros debido a la densa niebla. Pero no todo era malo, la niebla favore­ció bas­tante a la fea del pueblo, que gra­cias a ella, pasó de ser algo pare­cido al aborto de un mono, a algo que podía pare­cer incluso la figura humana de una chica.

De repente, el suelo empezó a tem­blar. A la cabeza  le vino la ima­gen de una inmensa estamp­ida de ele­fantes destruyendo todo a su paso. Pero pronto descartó esa idea, ya que al ser un pueblo de mon­taña, era poco prob­a­ble que hubiera algún ele­fante por allí cerca. Entonces decidió que lo más lógico era que fuera una estamp­ida de sar­di­nas. Visu­al­izó por un momento aque­lla nueva ima­gen, le pare­ció real­mente ater­radora…

En ese pre­ciso instante lo vio. Aunque… para su asom­bro, no eran las mortíferas sar­di­nas sedi­en­tas de san­gre que había imag­i­nado. Era algo mucho peor, toda su familia que cor­ría hacia él. Lo cierto es que nunca había visto cor­rer así a su abuela, con una extra­or­di­naria agili­dad cual gacela cor­riendo fer­oz­mente tras su presa. Cosa rara teniendo en cuenta que su abuela era coja de la mano derecha…

Entonces, ante el peli­gro que se le venía encima, con­siguió moverse un poco, luego dos pocos… Al fin, con­siguió moverse todos los pocos nece­sar­ios para salir cor­riendo de allí a la veloci­dad del rayo. Un rayo muy lento a decir ver­dad, pero un rayo al fin y al cabo.

Defin­i­ti­va­mente, Marco no se quería casar.


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